Insomnia.

Estabamos a las afueras de una estación de trenes de vapor.
Yo seguía tu paso presuroso, tus mallones blancos, tus zapatillas de ballet, tu sweater negrísimo como tus ojos, tu bufanda blanca, tu sonrisa que siempre ha sido mía.
Me decias cosas que yo no entendía pero me gustaba que fuera a mi a quien las dijeras. Dabas un salto entre los charcos y tus manos eran las alas de un pájaro a punto de romper en vuelo.
Llegamos hasta un teatro que había sobrevivido a una guerra remota. Habia huecos en las paredes, las filas de butacas eran pasillos de astillas ya marchitas por la nieve, que todo lo cubría. Heridas de cañon, el cielo estaba roto y me tomaste de la mano, mi muchachita punk, y corrimos hasta el escenario.
Había gente por todos lados. Habia bailarinas y un casting a punto se ocurrir.
Me diste tu bufanda, te montaste al entablado y con tu cuerpo de pantera comenzaste a dibujarme castillos en el aire.
En algún giro, en alguna pausa, ponías tus ojos en los mios, y yo temblaba y enrrojecía.
Y te aplaudían, y te odiaban y entristecían, pero tu seguías. Comenzó una nieve suave y jugabas con los copos.

Estabas a mi lado. Alguien te preguntaba si me conocias. Alguien queria una foto. Alguien tocó tu hombro. Entonces me abrazaste, luego me empujaste hasta que nos sentamos en un par de butacas y no había mas gente frente a nosotros, solo trenes de vapor.
Me decias que estabas muy cansada. Ponias una mano sobre mi hombro y tu cara en mi pecho y llorabas, un llanto quieto.
Luego te dormías.
Yo te cobijaba con una manta que habia sacado de la magia que me estabas dando.
Tocaba tu pelo y pensaba, Si que esta cansada, te cargaba como cuando eramos adolecentes y me abrazabas por el cuello sin abrir los ojos. Y ya no habia trenes por ningún lado sino un camino de árboles azules.
Quería llevarte hasta tu casa, pero no sabía donde vivías.

Desperté.

En la mitad del invierno.
Sin caminos de árboles azules.
Sin trenes de vapor.
Sin el milagro de la danza.

Desperté

II

Viajábamos en el tren subterráneo. Íbamos solos. Que bueno que has venido, te decía, hay muchos lugares que siempre he querido mostrarte. Vestías aquella falda negra de vuelos hasta los tobillos, que tantas y tantas veces levante para decirte cuanto era lo que te quería, una blusa blanca y un suéter negro; tus zapatos eran rojos y no hacías sino sonreír y mirarme  con el brillo de los lagos bajo una noche abierta. Yo no paraba de hablar y de hacer movimientos con las manos.

Caminamos hasta llegar a una cueva iluminada por velas. Las mesas y las sillas eran de madera tosca y las paredes eran de piedra negra con las grietas en un blanco apagado. Se acercó un marinero con una sopa, pero eso no era lo que habías pedido, además el precio era exagerado. Fui hasta la barra a reclamar. Un gigante que fumaba enfundado en una camisa manchada y un chaleco de cuero intento atraparme, se acercaron muchos mas y me mandaron a rodar a las afueras.

Camine por una plaza deshabitada. Caía la tarde. El cielo anaranjado tenía un par de estrellas prematuras y rasguños de nubes avanzaban lentas por el cielo. Me alcanzaste por el brazo y caminamos sin hablar. Encontramos una mesa con sombrilla. Me descubrías los brazos y ponías ungüentos, soplabas, me acariciabas el pelo y con tu pulgar limpiabas algo de mi ojo. Bebías sangría y pelabas naranjas que me dabas en la boca. Pero si tú nunca has bebido, te decía. Solo sonreías. Parecía que tenías de nuevo diecisiete. Yo siempre fui mayor pero más tonto, por eso fue que me mandaste aquí, pero tu mirada se había perdido en el ocaso y no escuchaste mis palabras. Una mascada violeta te rodeaba el cuello, una blusa blanca, siempre blanca y unos jeans azules y rotos, tu cabello recogido y la coleta te llegaba hasta la cintura. Reconocía tu espalda, todos estos años la había buscado y finalmente estaba de vuelta. Habías cambiado tus eternas arracadas por unos pendientes de plata, bellísimos y extraños, estuve largo rato intentando descifrar el dibujo.

Descalzo, con un pantalón de dormir negro y sin camisa estaba sobre el piso con un plato hondo y un mango de madera moliendo granos, te cantaba una canción y no dejabas de mirarme parada junto a la ventana. Aquí es donde vivo, es un hotel a punto de caerse pero la renta es barata, los inquilinos son un desastre y cada cuando hay peleas en los corredores, pero eso me ayuda a escribir. Me levantaba hacia ti y te daba el plato hondo que ahora era verde, apenas cabía en tus manos, lo bebías. Salimos al balcón, ocurría un aguacero y yo seguía hablando, tu bebías como si no estuviéramos empapados. Por la ciudad se extendían los edificios, los sonidos de sirenas, la gente caminaba sin sobresalto bajo la lluvia. Anochecía y las luces nos pintaban de acuarelas aquel paisaje. Sobre nosotros el letrero de hotel se encendió a medias, iba a preguntarte si recordabas aquella vez en que abrazados bajo una farola creíste que la luna estaba sobre nosotros, pero hablaste por fin y me preguntaste dónde es que esta Lucia. Se casó, ahora vive en Boston. Con los brazos sobre el barandal, sosteniendo el café giraste tu rostro a mirarme. Solo entonces vi que tenías una blusa rosa de tirantes, un tatuaje en el hombro y un colgante de plata. Estabas más guapa que nunca y me dijiste Yo también me case.

 

Desperté y nunca mas pude dormir.

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